La visita de Al-Ghazal

Es sabido que los vikingos se enfrentaron a muchos de los pueblos de Europa en sus incursiones de pillaje y de conquista pero no todo fue guerra, también hubo tiempo para el comercio. Os voy a contar una anécdota que ocurrió en una de ellas.

Uno de los pueblos con los que los nórdicos tuvieron sus más y sus menos fue con los pobladores de Al-Ándalus, el saqueo de Sevilla y su posterior enfrentamiento en la batalla de Tablada en el 845 es el hecho más conocido entre ellos.

Tras este ataque el emir Abderramán II tomo la decisión de mandar una embajada a tierras de los mayus, como eran conocidos los nórdicos por los musulmanes, eligiendo para este desempeño a uno de sus mejores y más experimentados diplomáticos, Al-Ghazal.

Probablemente el motivo de esta expedición fuese comercial y con comercial también hay que incluir la trata de esclavos. Al-Ándalus era uno de los principales suministradores de esclavos y desde allí salían lotes de ellos y los más cotizados eran los rubios de piel blanca.

Y hacia el norte partió nuestro diplomático, a visitar al rey de los mayus, donde llego pasados tres días. No sabemos si llego a la corte del rey Horick de Dinamarca o a la irlandesa del rey Turgeis pero no tiene mucha importancia para nuestra historia.

Al-Ghazal llego a uno de estos dos reinos y solicitó audiencia con el rey que fue aceptada. Antes de ser recibido advirtió a sus anfitriones que no se arrodillaría ante el monarca, ya que sus creencias se lo impedía, a lo que estos no pusieron ningún impedimento o eso parecía.

Cuando Al-Ghazal llegó ante la estancia que albergaba la sala real observo que la entrada de esta había sido rebajada considerablemente de manera que solo se podía penetra en ella a gatas. ¿Solo?

El diplomático, haciendo gala de su gran inteligencia, para no tener que entrar en la sala arrodillado se tumbo bocarriba y se deslizo hacia dentro ayudándose de pies y manos.

Los allí presentes se quedaron sorprendidos con la maniobra y lejos de ofenderse por su falta de sumisión para con su rey celebraron el acto de picardía y astucia del embajador.

Tal fue el grado de aceptación que tuvo entre los vikingos que, según él mismo cuenta en sus crónicas, la mismísima reina puso sus ojos en el.

Esta es la anécdota de la embajada de Al-Ghazal que, gracias al uso de la inteligencia, consiguió mantener a salvo su fe sin ofender a sus anfitriones.

Espero que os haya gustado esta pequeña historia.

Hasta la próxima.

Bibliografía

Haywood, J. (2016). Los hombres del norte. La saga vikinga (793-1241). Barcelona: Planeta.

Por nosoyhistoriador

Soy un simple aficionado que intenta acercar la Historia mientras sigue aprendiendo de ella.

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