Jack Ketch, un verdugo incompetente

Hay ocasiones en la vida que incomprensiblemente la incompetencia triunfa, ya sea porque hace gracia a la gente o simplemente porque no hay nada mejor, aquí os traigo uno de esos casos donde lo hace y para colmo en una profesión como verdugo.

Como es normal el oficio de verdugo no es algo que estuviese bien visto, eso de dedicarte a ejecutar o mutilar a la gente por muy delincuente que fuese pues como que no es plato de buen gusto ni para el público ni para al que le tocaba llevarlo a cabo.

La abadía de Westminster en el siglo XVI (Pinterest)

Por eso era bastante habitual que este oficio pasase de padres a hijos formándose grandes sagas de verdugos que llevaban con profesionalidad su oficio, hasta que llego Jack Ketch.

Jack Ketch, nombre artístico de Richard Jacquet, era un hombre de corta estatura, casi rozando el enanismo, y con un rostro marcado por las señales de la viruela. A pesar de las carencias físicas consiguió entrar al servicio de Edward Dun como aprendiz de verdugo.

En 1663, tras retirase su predecesor consigue hacerse con su puesto y aquí es donde empieza su historia.

Su trabajo no solo se situaba en la ciudad de Londres si no que también lo desempeñaba en la localidades cercanas a donde acudía a prestar sus servicios: ejecuciones sumarias, amputaciones de miembros o apéndices, etc.

No era el mejor en su trabajo, todo lo contrario, su dejadez en el mantenimiento de sus herramientas de trabajo sumada a su baja estatura hacían de sus ejecuciones una bacanal terrorífica.

Su baja estatura le impedía asestar los golpes con el hacha con la suficiente fuerza para cercenar los cuellos de sus víctimas por lo que tenía que repetir el golpe en muchas ocasiones. Incompresiblemente los fallos en las ejecuciones cayeron en gracia de la plebe que acudía en masa a ver el espectáculo al que Ketch añadía cosa de su cosecha tales como bailes, recitales o simplemente mostraba sus armas como lo haría un mago de nuestros tiempos.

Lord William Russell (Wikimedia)

Su fama fue creciendo publicándose sus «hazañas´´ en varios pasquines londinenses, hasta el mismo se hacía publicar llamándose así mismo azote de delincuentes.

En 1679 fue llamado para llevar a cabo la ejecución de treinta acusados de traición. El solo se despacho a todos los acusados sin solicitar la ayuda de nadie dando muestras de un sadismo desmesurado. Esto ya no le gusto tanto al público.

A todo esto había que sumarle la fama de ratero que había adquirido al despojar de cualquier cosa de valor a sus víctimas, incluso la ropa, después de ejecutarlas.

En 1683 se le encargo la ejecución de Lord Russell, un conocido jacobita acusado de alta traición por planear el secuestro y asesinato de Carlos II de Inglaterra.

Conocida la pericia de Ketch a la hora de desempeñar su trabajo el noble acordó con su verdugo que si era capaz de cortarle la cabeza de un solo tajo su sirviente le premiaría con 10 guineas. El tacaño de Ketch acepto el encargo.

El lord coloco su cabeza, Ketch alzó su y descargo con fuerza su hacha sobre el cuello de su cliente. No fue suficiente.

Tan escasa fue la mella que hizo en el cuello del lord que este pudo girarse y decirle: Oye cabrón ¿no te he dado 10 guineas para que me trates de esta forma tan inhumana?

Herido en su orgullo Ketch tuvo que descargar tres veces más el hacha sobre el cuello de Lord Russell hasta conseguir su cometido.

Ejecución del duque de Monmount (Wikimedia)

En 1685 fue el turno en el cadalso de otro traidor a la patria, el duque de Monmouth, y como no Ketch se encargaría de llevar a cabo la sentencia.

El duque siguió con la misma táctica de ofrecer dinero al ejecutor con la esperanza de obtener una muerte rápida, 7 guineas en esta ocasión.

La cosa fue por los mismos derroteros, no se sabe si por la escasa recompensa o por su famosa incompetencia pero al final Ketch le asesto cinco hachazos sin conseguir separar la cabeza del tronco teniendo que utilizar un cuchillo para llevar a cabo la tarea.

Estas últimas actuaciones le hicieron tocar fondo.

Nadie le contrataba para llevar a cabo las penas sumarísimas, sus chapuzas ya no tenían gracia, y el poco dinero que tenía lo dilapidaba en borracheras y prostitutas. Fruto de esta falta de ingresos adquirió una deuda a la que no pudo hacer frente y dio con sus huesos en la cárcel.

Al salir de prisión continuo con su vida de alcohólico y en una de sus borracheras perdió los estribos y mato a golpes a una prostituta por lo que fue juzgado y condenado a muerte en la horca.

Su propio ajusticiamiento fue un espectáculo, ya que debido a su poco peso debido a su escasa estatura el cuello no se le partió y permaneció más de 10 minutos pataleando hasta que acabo muriendo por asfixia en 1686.

Nadie lloro su muerte pero su nombre ha permanecido en el recuerdo de los ingleses el cual utilizan como insulto.

Espero que haya gustado esta historia del triunfo de la incompetencia en la que al final parece que todo se reconduce.

Bibliografía

Cebrián, Juan Antonio. PSICOKILLERS. Madrid: NOWTILUS, 2007.

Por nosoyhistoriador

Soy un simple aficionado que intenta acercar la Historia mientras sigue aprendiendo de ella.

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