Vikingos en Francia (III)

                               El asedio de Paris

En la anterior entrada sobre los vikingos en tierras de los francos habíamos dejado al reino llorando la muerte de su monarca Carlos después de una vida en constante lucha no solo contra las incursiones escandinavas si no contra sus propios nobles.

Como era costumbre todo lo que había conseguido unir durante su reinado fue dividido entre los hijos y sobrinos del difunto.

Con el paso del tiempo todos los herederos fueron pereciendo hasta que todos los territorios recayeron bajo el control de una sola figura, Carlos apodado  «el Gordo´´, nos encontramos en el año 882.

¿Qué fue de nuestros amigos escandinavos durante este tiempo? Os imaginareis que no iban a desaprovechar  esta oportunidad de saquear aprovechando la inestabilidad que solía seguir a la muerte de un rey más si cabe si la situación en la vecina Inglaterra se había puesto más difícil para los saqueos.

El territorio comprendido entre las desembocaduras del Sena y del Rin fue su zona de actuación a partir del 879. Durante casi una década asolaron el territorio y decenas de emplazamientos sufrieron sus saqueos e incendios, hasta el palacio de Carlomagno en la imperial Aquisgrán fue saqueado.

En el año 885 los daneses se centraron en el valle del Sena, hacia mucho que no incursionaban en el dejando de esta forma que la zona se recuperase y con ello conseguir buenos botines en el futuro.

Los francos no habían estado holgazaneando y también sacaron partido a esa época de relativa tranquilidad. Cuando no se hallaban en disputas internas construyeron una serie de fortificaciones en el Sena para impedir que los vikingos remontasen el rio.

Pero por mucha fortificación que construyesen los francos si no había tropas decididas a hacerles frente ya fuese por falta de valor o por falta de efectivos no había nada que hacer.

Llegamos al 24 de noviembre del 885 cuando los escandinavos llegan a Paris.

El jefe de los daneses era Sigfrid y nada más llegar a las puertas de la ciudad solicito parlamentar con el responsable de ella que era el obispo Gauzelin.

Sigfrid pidió paso libre para poder saquear las tierras rio arriba a cambio se comprometía a no saquear Paris.  El obispo se negó aludiendo a la confianza y la responsabilidad puesta en el por su rey. El danés, enfurecido por no ceder a sus exigencias, le amenazo con una lluvia de flechas envenenadas.

Paris en esa época en nada se parece a la actual, aparte de no poseer la belleza actual, la extensión de la ciudad se reducía a la isla alargada en el cauce del Sena rodeada de muros.

El obispo Gauzelin había aprovechado el impasse para reforzar las defensas de la ciudad, construyendo fortificaciones en los dos puentes que unían Paris con sendas márgenes, el pequeño y el gran puente, el prelado no iba de farol.

La guarnición de la ciudad estaba formada por doscientos hombres al mando del conde Odo y contaban con armamento especial para defenderse de un asalto como catapultas y balistas.

Conde Odo o Eudes.

Los daneses  aunque las fuentes de la época cifraran su número en cuarenta mil efectivos difícilmente sobrepasarían los veinte mil efectivos ya que no consiguieron cercar la ciudad.

Sigfrid se lanzo al ataque a la mañana siguiente, sin tiempo que perder.  Se centro en una de las fortificaciones a medio terminar del gran puente. La ataco durante todo el día con catapultas y arietes pero la noche a cabo por llegar y se retiraron.

La fortificación había quedado muy seriamente dañada pero los francos aprovechando la oscuridad repararon los daños más grave e incluso se permitieron añadir una altura más.

La cara de los daneses la mañana siguiente debió ser un poema, tanto trabajo para nada.

Decidieron cambiar de táctica e intentaron quemar la torre pero el intento fue en vano, entonces decidieron derruirla escavando alrededor de sus cimientos pero tampoco duraron mucho, justo lo que tardaron los francos en hervir el aceite que iba a serles arrojado desde las almenas.

La táctica del miedo que tan buenos resultados les había dado a los vikingos no surgía efecto en unos envalentonados francos, habría que amoldarse a las nuevas exigencias.

Establecieron un campamento cerca del puente que habían estado y hasta el 31 de enero no volvieron a reanudar los ataques.

En esta ocasión se decidieron por varios ataque simultáneos.

 Intentaron rellenar el foso de la torre con cualquier cosa que hubiese a mano, hasta con animales muertos. Para poder acercar sus torres de asalto mientras atacaban el puente desde los barcos. Los francos salieron de la torre y  destruyeron dos de las torres de asedio. Los barcos tampoco tuvieron suerte en sus ataques desde el rio a excepción de un pequeño grupo que consiguió penetrar en la ciudad pero no lo disfrutaron mucho tiempo.

Los daneses subieron la apuesta en sus ataques y enviaron tres barcos en llamas contra el puente pero aunque colisionaron contra el no lograron incendiarlo.

El 6 de febrero una riada consiguió lo que los daneses no habían logrado, derribar uno de los puentes que unían la ciudad a una de las márgenes.

 La fortificación del puente pequeño había quedado aislada tras el derrumbe del puente asi que como si de una operación de comandos se tratase el obispo mando a un selecto grupo de hombres a la fortificación para que comenzasen a construir de nuevo el puente. Los daneses, atentos en esta ocasión, se percataron de la jugada y al alba incendiaron la torre y masacraron a sus ocupantes ante la mirada de los hombres de la ciudad.

Con el paso libre por el Sena los daneses se dedicaron a saquear rio arriba sin abandonar el asedio.

Con el paso del tiempo los ánimos comenzaron a decaer por ambos bandos, Gauzelin suplicaba el auxilio de la ciudad pero pocos contestaron a la petición y los que acudieron eran insuficientes para hacer frente a los escandinavos. Por su parte Sigfrid estaba cansado de perder un tiempo valiosísimo asediando Paris, así que negocio con el obispo y acordaron levantar el asedio a cambio de 27 kilos de plata.

Cuando llego al campamento  se encontró con la negativa de  muchos de sus seguidores a abandonar el asedio por tan escaso botín.

Como era de esperar la enfermedad hizo acto de presencia en la ciudad cobrándose muchas víctimas entre ellas el obispo Gauzelin que falleció el 16 de abril asestando un duro golpe a la moral de los parisinos.

El conde Odo haciendo frente a los daneses. (Jean-Pierre Franque 1837)

El conde Odo quedo al cargo de la defensa de la ciudad y una de las primeras acciones que tomo fue ir a solicitar ayuda al rey Carlos. Asintió socorrer a la ciudad pero no lo hizo inmediatamente.

Hasta octubre no estableció su campamento a las faldas de Montmartre pero para asombro de los sitiados no se dispuso a la batalla sino que entablo negociaciones con los daneses.  Para mas asombro de los parisinos Carlos concedió el paso libre por el Sena a los vikingos.

En la cabeza de Carlos este acuerdo era perfecto: evitaba el saqueo de Paris y permitiendo el paso por el rio estos arrasarían las tierras de los levantiscos burgundios.

Los parisinos se negaron a conceder el paso libre a los daneses después de todo lo que habían sufrido así que los escandinavo se vieron obligados a transportar su barcos por tierra para poder remontar el Sena.

Al llegar la primavera el problema de los vikingos siguió en el Sena y para evitar más males el monarca franco pago 318 kilos de plata para que abandonasen la zona. Muchos de los daneses se fueron pero otros muchos decidieron quedarse comandados por Hrolf mas tarde conocido como Rollo.

Esta falta de decisión y muestra de debilidad ante el enemigo le acabaría costando la corona al rey Carlos.

Así termina esta entrada del famoso asedio de Paris.

Continuara…

Bibliografía

Haywood, Jhon. «Los hombres del Norte: La saga vikinga (793-1241).» Haywood, Jhon. Los hombres del Norte: La saga vikinga (793-1241). Editorial Ariel, 2016. 520.

Renaud, Jean. «¡Del furor de los normandos, líbranos Señor!» Desperta Ferro Antigua y Medieval (2014): 42-49.

Por nosoyhistoriador

Soy un simple aficionado que intenta acercar la Historia mientras sigue aprendiendo de ella.

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